Monday, November 16, 2009

Noviembre 30 / Num. 47 / Orange County



Contenido 47

María Meleck Vivanco y Perla Rotzait
en antologías del FNA de Argentina


María Meleck Vivanco
De «Bruja melancólica»
Los amantes se giran
Enredaderas del ocaso

Perla Rotzait
De «Ella ríe sin embargo»
Llevo puesto un impermeable largo
Poema XXX

La trágica historia de la familia Lugones

Carlos Adalberto Fernández
Ya decúbito dorsa
Memoria de la casa de mi puta durmiente
[Basado en un cuento basado en un cuento]

José M. Vallejo
Homero Aridjis: ¿Un escritor marginalizado?

Homero Aridjis: Textos
Al hablarte me escuchas...
Mitla
A Betty de Homero Aridjis

Alicia Fontecilla
Monólogo a Bucoscky
Santiago de noche (microrrelato en 100 palabras)
Bestias

Ian Welden
La Chancha

Javier Monroy
Razones para inventar ®
¿Para qué escribo?

Carlos López Dzur
Plegaria para salvar a un inocente
La voz
Tierra mía
El poeta y la revolución

Jorge Luis Estrella
Mezcla de pájaro y luna
Olvidó perderse

Alejandro Drewes
Algo sobre la nieve
Album nocturno
Nota para un albacea

Alfredo Villanueva Collado
El tiempo
Los peligros de la imagen macho

Barbara Robles
Testimonio: «Puerto Rico en el siglo XXI»

Ricardo Ayllón
Podrá no haber lectores pero siempre habrá poesía

Revistas amigas

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María Meleck Vivanco y Perla Rotzait
en antologías del FNA de Argentina


Con poéticas opuestas -una textura surrealizante y desbordada y otra en el pespunte del lenguaje despojado y aforístico- dos poetas significativas, María Meleck Vivanco y Perla Rotzait, acaban de publicar compilaciones de sus obras: Antología poética y Obra reunida. Ella ríe sin embargo, respectivamente.

Con el sello del Fondo nacional de las Artes sale la primera y esperada antología de Vivanco, nacida en Córdoba en 1921, que reúne textos de títulos publicados -entre ellos «Temblores», «Rostros que nadie toca», «Los infiernos solares» y 4Canciones para Ruanda» y de sus inéditos «Plaza prohibida» y «Los regalos de la locura».

Obra reunida. Ella ríe sin embargo, de Rotzait, nacida en Buenos Aires en 1920, con el sello editorial Bajolaluna, incluye su producción expresada en libros como Cuando las sombras, El temerario y La seducción, Todo se ha dicho y El cuerpo, más los inéditos: Y tendrá tus ojos y Siete veces cero siete veces noche.

La filiación de Vivanco es decididamente surrealista en la línea que ensancharan a nivel nacional las voces de Aldo Pellegrini, Juan Antonio Vasco y Enrique Molina, aunque en su caso haya una deuda con el romanticismo exacerbado.

Una «isla carnívora», un jardín sangrante que se marchita y refulge con su flora solar, un cuerpo en llamas que se arrastra por el misterio, se dan cita en esta poesía marcada por lo bifronte: celebración y agonía, eros y thanatos: «Tengo la boca venenosa cuando tú partes».

Siempre al borde, asume una respiración desbocada en una «selva infinita», enmarañada, allí donde se abren, dice Vivanco, las compuertas del ser para la fiesta, el extravío, la lujuria.

El jadeo impetuoso es delirio, «brújula desaforada» con plenitud de imágenes sensoriales: «Por la ventana ciega de tu ombligo siento al organillero que revuelve la casa".

El encabalgamiento crea una sensación de lenguaje que se despeña; la falta de puntuación y el uso antojadizo de mayúsculas marca el fraseo de esta poesía que se ubica entre su compatriota Olga Orozco y el poeta de Martinica Aimé Cesaire.

Y en el trazo erótico, escribe: «La rabia de mi cuerpo bajo tu sexo en rabia» junto a imágenes originales, insólitas, de gran factura que apelan a un lenguaje de riesgo.

«Y se abre entre mis manos un ropero vacío» o «Siento a mi corazón como un gran jardín,/ con prostitutas tomadas de las manos», o también: "Un loco, con sus ratas Duerme en el pubis que he besado tanto».

Esta compilación viene de alguna manera a hacer justicia a una obra significativa, la de
Vivanco, que por muchos años estuvo lejos de una difusión merecida.

Del mismo modo la producción literaria de Perla Rotzait, una poeta que desarrolló su hacer al margen de los circuitos literarios, encuentra una instancia reparadora en la aparición de Obra reunida. Ella ríe sin embargo en dos voluminosos tomos de más de 500 páginas cada uno.

Esta obra se inicia en 1961 con «Cuando las sombras», libro prologado con un poema de Rafael Alberti que en pocas líneas da un perfil de la poética de Rotzait: «Vas de la sombra a la sombra... A la sombra, oscuro sueño. / A la sombra, claridad./ Callas o lo dices todo. / Todo, pero callas más».

Mediante un lenguaje ceñido, despojado, cercano al aforismo o volcado a la poesía en prosa, Rotzait despliega un universo metafísico en la búsqueda del sí mismo. En continuos soliloquios y diálogos explícitos, la figura del interlocutor parece estar todos los seres y las cosas que la rodean.

Aquí, el ser se debate en un sueño que, entre la vigilia y la pesadilla, alimentan esa «fogata lírica», al decir de la poeta Mirta Rosenberg, que puede volverse «puro pensamiento o cosa a secas prescindiendo de adjetivos, abrirse al centelleo áureo de los universales o concentrarse en la árida materia empobrecida del lenguaje cotidiano de una sociedad que ha olvidado los nombres que dan vida a las cosas».

El vacío, el tiempo, la sombra, el sueño, son los ejes de esta poesía que trata de encontrar las orillas de una totalidad inasible. Detenida a mitad de camino entre el encuentro y el extravío, Rotzait escribe: «el tiempo se devora» Un par de líneas del poeta alemán Paul Celan -hay una recurrencia a sus versos en los epígrafes- permite enmarcar la poética de Rotzait: «Una nada / éramos, somos, seremos ,/ floreciendo; / la rosa de nada, / la rosa de nadie».

Así la poeta que escribe: «pobre hermano mío... sé con el corazón que está hundido en la tierra fraterna, inexistente», se toca a la línea de Celan: «cavamos una tumba en el aire», versos en los que subyacen los horrores de los campos de exterminio nazi.

El corolario de Rotzait es contundente: «No puedo imaginar./ No puedo entender»...«La naturaleza del hombre cumple su mandato: la guerra». Discurre la poeta, una y otra vez, sobre la condición humana, la banalidad del mal, el extravío de Dios, la degradación, el genocidio, el horror sin límites, la fugacidad de vivir.

Avanzando con disquisiciones que convergen en el trazo lírico y el pasaje narrativo, a ratos con aire de diario personal. Otro de sus ejes es lo nombrado, como aquello que encarna y toma rango de entidad a ratos escamoteada: "Eres lo nombrado y quien te nombra». Y también: «No sabía que nombrar era crear un mundo».

Y en la trama que urden la imagen y la mirada reflexiva, caen como gotas de plomo derretido versos de gran hondura donde el tiempo es apenas espera. Pero también, escribe Rotzait: «La muerte tiene memoria» y «Lo posible es el milagro».

Telam



[MARÍA MELECK VIVANCO Y BUENOS AIRES: Llegué a Buenos Aires en el año 1945 muy jovencita. La gran ciudad se me brindó con la "crema" de los poetas surrealistas, del momento, los "monstruos sagrados" del primer movimiento en la decáda del 40´. Dios o el Azar me arrojaron al centro de esa tribu maravillosa. Trabajé en la famosa Editorial Claridad como traductora de francés y correctora de pruebas. Tengo buenos recuerdos de su dueño, un personaje... Don Antonio Zamora. Yo ganaba más que suficiente. Empecé viviendo en Flores con mi tía Ofelia Casas Vivanco, prima de mi padre, luego ella viajó al interior y yo pasé a una pensión familiar, poco tiempo, pues Alfredo Martínez Howard, exquisito poeta, me ofreció su casa en Villa del Parque, donde me entreveré con sus hijos, en mi nueva familia.

Y EL SURREALISMO: Fui la única mujer en ese primer movimiento surrealista, pero 5 años mayor que mi gran amigo de la vida, el más amado y el más completo Francisco Madariaga, el hermano fiel del corazón. Cuando lo conocí recién llegado de los esteros correntinos él tenía sólo 14 años y yo 5 más... Bueno, ahora espero guiarme por el mapa psicológico de ustedes dos, mis amorosas, a la manera surrealista. Y seguiré recordando. ... De muy chica, me hacía bien escribir, me desahogaba. Me sigue pasando ahora. Escribo, porque corresponde, pienso, a una catarsis muy personal. Y lo hago siempre a mano... Construyo un verso en cualquier momento sin un tema puntual (jamás sé lo que va salir). No me subyugan las máquinas virtuales de la modernidad, aunque reconozco que ayudan y ordenan mejor la obra. Mis delirantes y jóvenes secretarios, se me ofrecen para tamaña tarea. Son generosos y valientes: Citada por Rita Kratsman y Selva Dipasquale en
Entrevista a María Meleck Vivanco]

María Meleck Vivanco
De «Bruja melancólica»


Carne desmemoriada
Sus bestias que retoñan sus pirando
entre puertas secretas y párpados cerrados
Arrasan terraplenes y puentes de mi llanto
Queman como un incendio viscoso enfurecido
Asomada al perjurio de ávidas madreperlas
Atraviesa en astillas y crujidos de nombres
mis dalias lastimadas mis tinieblas del frío
Pudo soñar así –dulce sombra insaciable-
siervo de cacería –carne desmemoriada-
para salvar al cielo lleno de eternidades
Agitar sus relámpagos de ardor y desafío
cerca del amarillo desnudo de los pájaros
¿Casi en el corazón supo comunicarme
sus fantasmas de piedra caliente y pecadora?
¡Su culebra de fuego a mi sangre asustada?
¡Oh! He perdido mi casa
He sellado mi lengua de bruja melncólica
Donde a besos se enseñan los nombres de los árboles

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Los amantes se giran

El trópico de cáncer cautiva lentos péndulos Ingresa en la
blancura sin malquerer su música
Va a descubrir la maga que lo gire en el mundo Va a descubrir
Idénticos ya no superponibles Dexogiros que avientan
las ventanas del viento Va a descubrir girando quiero amarlo
de cerca Giran las parsimonias en ahuecadas órbitas Estrellas
sospechadas que con la bestia giran Las carmelitas
giran con sus rosarios púdicos Giran en las caderas y el
ombligo indefenso Giran chorro de amor de mirarte y tocarte
Giran de sollozar eternamente océanos
Este polvo que gira y la locura gira Los amantes se giran
para siempre jamás

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Enredaderas del ocaso

Son monedas de tréboles o monedas de agua? Compramos
seis grilletes para el temblor
Dioses de la periferia, no podrán engañarnos Cuentan con el
sangrado sobre la piedra inerte Esa carta del monte, enceguecida
en su verdor
Por millones de eclipses, desaliño en los árboles la fábula
perfecta El río impenetrable obseso de palomas Tornado de
cuchillos sin muerte Juez del pánico que saltar el mundo
que hace enredar la vida y levantar esencias de fruta enamorada
Sus memorias, sus tactos que sueltan mariposas

Enredaderas del ocaso Cortinado de besos, que cuesta
Descorrer

Con largos bramidos de luna, dibujé animales que habrían de
conocer mi nombre Y en el furor del aguacero, olí una doble fila de
perfumes Los duendes del insomnio y el cielo rojo, incendiaron la
hierba
Estrañamente cruel, refundada de espejos que cortaban el aire,
opté por la aventura La oropéndola devoradora de su propio
capullo
Los tiernos cirujanos, desangraban las flores como si fueran
mis costillas
Entonces permanecí desnuda, sobre la mesa helada del
hospicio

Estoy a salvo Los rostros no se quedan en mí
Por casi nada, invado su lengua silenciosa Entonces, él me
destruye en éxtasis El muy amado, dibuja de memoria mi corazón
La profecía, repite la mixtura
Todo está disponible Todo el velamen tenso de un monte
entre abejorros Con sangría esotérica, emparejando
Empieza el frenesí a reventar la grieta Cada dos madrugadas
se trasparenta el sexo Y se agitan las llaves del milagro La balsa
cadavérica que desplaza la luna
Siete de velo, arrima fuerte su azul cobalto El ajedrez
jaqueando, duele como ninguno Hojas despavoridas, tienen menudas
trampas que sacuden recuerdos
Rojo en el rojo Azul en el Azul
Azar que amarillea las primicias Las palabras, como oro de
moneda imperial
Desde el centro, el espejismo descarrila los trenes

María Meleck / en El Ojo Podrido

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Entrevista con Perla Rotzait

Perla Rotzait (Argentina)
De «Ella ríe sin embargo»


El rey sabía que el condenado a muerte era inocente.
Y no tenía atribuciones ante el Tribunal de la
ocupación.
Recordó una vieja ley de la sustitución de los
cuerpos.
Y exigió ser ajusticiado en el lugar del condenado.
El rey sabía que un pueblo que odia es un pueblo
condenado y que un acto ejemplar puede salvarlo.

* * *

Llevo puesto un impermeable largo y abro mi paraguas lleno de
flores. El paraguas y el impermeable son de color naranja. El
color naranja y las ventanas son imprescindibles: la habitación se
llena de pájaros que vuelan en silencio alrededor de la lámpara. La
magia dura sólo un instante: se acerca un grito. Cada vez más y más cerca
y persistente. Los pájaros se pelean, luchan, destrozan los objetos de la
habitación, me destrozan.

* * *

Poema / XXXI

Cuando regreses a tu ciudad
-si regresas
y te vea en un tiempo verde
Cuando regreses a casa
-si regresas
y comencemos a hablar
-si hablamos
Y te diga tú
y tú me digas
y podamos reconocernos-
sabremos que vivimos aún

[Perla Rotzait (Buenos Aires, 1920) nació un 12 de febrero, día de Carnaval. Dato éste que siempre la perturbó; por aquello de las máscaras / personas, seguramente... Ediciones Bajo la luna ha publicado su obra reunida que incluye trece libros: entre 1962 y 2006. Son dos libros muy bien encuadernados que además se presentan en una cajita... Lleva publicados trece libros de poemas, en Argentina y en España: Cuando las sombras (Losada, 1961; Pre-textos, España, 2007), con un poema de Rafael Alberti a modo de prólogo; El temerario (Losada, 1965); La postergación (Losada, 1966); El otro río (Ediciones Testigo, 1970); La seducción (Ediciones Dead Weight); Quieras que no (Ediciones Dead Weight, 1978); Antología poética (Grupo Editor Latinoamericano, 1988); Es un largo camino(Grupo Editor Latinoamericano, 1991); Puertas que se abren (Grupo Editor Latinoamericano, 1996); Tu cabello de ceniza Sulamita (Grupo Editor Latinoamericano, 1999); Dos poemas inexorables, largos y con argumento (Tsé-Tsé, 2001); Todo se ha dicho (Tsé-Tsé, 2002); Alguien leía mis poemas (Random House Mondadori, España, 2002 ) y El cuerpo (Alción Editora, 2007). ella ríe sin embargo incluye las obras inéditas: y tendrá tus ojos y Siete veces cero siete veces noche.

Recibió premios de la Sade, del Fondo Nacional de Poesía, del Centro Cultural de España y el Premio Municipal... Compartió su amistad con María Teresa León y Rafael Alberti, Aurora Bernárdez, Miguel Ángel Asturias, Chichita e Italo Calvino, Olga Orozco, Arnaldo Orfila Reynal, Alejandra Pizarnik, Elizabeth Azcona Cranwell, Jorgelina Loubet, Alberto Girri, Miguel Roig, Ernesto Schoo, Lorenzo Varela, Susana y William Shand, Juan Batlle Planas, María Granata y otros. / Biografía tomada de
Revista Archivos del Sur / Poetas, preparada por Araceli Otamendi, directora y editora de la revista digital de cultura Archivos].

Entrevista con Perla Rotzait.

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La trágica historia de la familia Lugones

Con Retrato de familia, la bisnieta del escritor y poeta Leopoldo Lugones intenta desentrañar la intrincada y trágica historia del clan. Tabita Peralta, bisnieta del escritor y poeta Leopoldo Lugones, intenta en su libro Retrato de familia desentrañar la intrincada y densa historia del clan, que incluye abusos sexuales, violaciones, tres suicidios y la desaparición durante la última dictadura de su madre, Pirí.

La obra, de reciente aparición, está escrita en un formato teatral, en el que en varios tramos la autora entabla un diálogo consigo misma desde los personajes identificados como «la protagonista» y «la mujer», que se relacionan con otros denominados «la madre", «el padre» y «Leopoldo Lugones», entre otros.

«Esta forma de escribir la historia de mi familia la encontré un poco por azar, pero me ayudó para poder entrar y salir en las evocaciones y volver a la realidad. De otra manera, se me hacía muy confuso el relato», comentó Tabita en diálogo telefónico con Télam desde su casa en París.

En la charla, esta mujer de 60 años, escritora, traductora y madre de cinco hijos casada con un español -hace 40 años que vive en Europa-, habla de las generaciones que la precedieron con una cierta distancia, en un paralelo con el pulso firme que utiliza en la obra para referirse a los durísimos episodios que ocurrieron en la vida de los Lugones.

El talentoso poeta y por cuya fecha de nacimiento, 13 de junio, se celebra el Día del Escritor, se suicidó el 18 de febrero de 1938 tomando cianuro en un recreo del Tigre, al norte del Gran Buenos Aires, y todas las sospechas indican que no pudo soportar vivir lejos de Emilia Santiago Cadelago, su amante secreta y 30 años menor que él.

Aquella historia de amor trunca inauguró una sucesión de tragedias en el clan familiar a partir de la actitud de Leopoldo "Polo" Lugones, hijo del poeta, comisario y comprobado pederasta y torturador que amenazó a Emilia con enviar a su padre a un manicomio si la relación continuaba.

Tabita retrata aquel suceso de esta forma: "Lepoldo Lugones se encerró en un hotel del Tigre, y tras escribir una última página que tituló `Basta`, pidió una botella de whisky, se sirvió un vaso y revolvió dentro el cianuro (...) murió entre retortijones dolorosos, dejando una baba azul en el suelo".

La saga de los Lugones está marcada por un singular derrotero: el poeta justificó el primer golpe de Estado de la historia argentina y se mató por amor; su hijo comisario lo espió, lo empujó al suicidio y también acabó con su vida, y la hija de éste, Pirí, la madre de Tabita, militó en Montoneros y marchó por convicción al calabozo ilegal, a la tortura y a la muerte.

«A mí no me resulta una historia pesada en el sentido de cruel, todo el mundo tiene historias terribles o maravillosas y se pueden utilizar literariamente», apuntó Tabita, que sin embargo reconoce que todo ese peso dramático sí hizo blanco en la figura de su madre, rengueante a causa de una tuberculosis casi desde niña.

«Este libro no es un exorcismo, pero de alguna manera tenía que encargarme de contar esta historia porque había muchos otros libros con algunas inexactitudes, y a partir de Retrato de... siento que ahora puedo dedicarme a escribir otras cosas», se explayó.

Es que la autora, que por primera vez aparece públicamente como Tabita Peralta Lugones, debe referirse a otras verdades ingratas que son parte de la historia familiar, como reconocer que el médico neurólogo y escritor Marcos Victoria violó a Pirí -en ese momento su hijastra- cuando ella tenía 12 años y a lo largo de mucho tiempo.

«A los 10 años, mamá descubre que su padre, que no vive con ella, es un torturador, jefe de la policía, violador de jovencitos del reformatorio. A los 12, su padrastro (...) la viola y continúa su relación con ella durante largos años (...) ¿Es posible sobrevivir a tanta violencia de afuera?», dice Tabita en su libro, tal vez en el párrafo en el que se permite una mirada más pasional.

Los sucesos dramáticos no se detienen en la generación de Susana "Pirí" Lugones, ya que Alejandro Peralta, hermano de Tabita, se suicida colgándose de un árbol también en la zona del Tigre cuando tenía 20 años, aparentemente afectado por consumo de drogas y «un deseo de no querer vivir más: Alejandro era un lamento», según la óptica de la autora.

En su breve existencia, Alejandro Peralta incursionó en la historia del rock nacional, ya que en la década del 60 integraba el grupo de la bohemia y el «naufragio» junto con varios músicos como Claudio Gabis y Javier Martínez, del grupo Manal, a quienes conectó con Jorge Alvarez, el primer productor de esa corriente artística.

Tabita escribe en su libro que Alejandro se suicidó para que ella tuviera «otra opción», para que «nosotros, los otros hermanos, pudiéramos vivir», en una tácita admisión de que, como un sino terrible, en cada generación un Lugones debe quitarse la vida.

«De alguna manera pienso lo de la cuota de suicidios por generación -señaló-. A mis cinco hijos no les conté la historia hasta que fueron grandes, es como que quería protegerlos. Está tan dicho que el suicidio fue lo más maravilloso que hizo Leopoldo Lugones... hasta lo decían en el colegio».

14-10-2009 /
Escribirte



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Carlos Adalberto Fernández (Argentina)
Ya decúbito dorsal


Como siempre, Enrique


Fuí un gil.

La agarré en caída libre, a punto de hacerse tortilla en el cemento de las perdidas. Casi todas las noches un meteorito de esos ocupaba por un momento el cielo, caía, caía, y deflagraba, a veces, en el patio del Bar Billares Salón de Baile. Un instante, sin ningún suspenso, y se levantaba, se alisaba las ropas, lanzaba una risita histérica, y se incorporaba al baile, la nueva reventada.

Ésta no. En medio de la parábola me miró. No sé por qué, tal vez un reflejo, o le tapaba la visión. Tal vez temió que la notara desarreglada. Eso la angustió, justo en ese momento, despeinada.

Y yo la ví así: cara de indefensión, vulnerabilidad y martirio. ¿Y cuál era mi misión, ante una mujer inerme?¿Qué me enseño mi madre?¿Para qué soy hombre?¿Soy, ante una mujer débil y necesitada, un caballero, o un fauno sediento de progesterona al natural, como todos?

—Permítame —le dije, extendiendo una mano—. ¿Puedo ayudarla?

Rápida como una centella, postergó su deseo de reintegrarse a la vorágine.
Me vio genuinamente inquieto, deseoso de brindar socorro. Hacía mucho que no la miraban así.

—No me siento bien. Las desgracias, los peligros... No puedo más.

—Venga, siéntese —cuidadosamente la acompañé hasta una mesa, en el bar al que acababa de ingresar, en mi recorrida como vendedor de diccionarios a crédito. De noche hacía bares, confiterías, bailes, boliches, algo vendía, aflojan más que los oficinistas.

—Bueno, tal vez me levante un poco el ánimo —respondió a mi sugerencia de un trago de algo fuerte. A la tercera grapa ya no podía parar el verso. Juana de Arco, la Madre María, la hubieran venerado—. El desalmado la envolvió con un mundo de promesas, la mostró diosa, vestal del templo de amor que él le ofrecía (me encogía ante la humedad pringosa del relato, pero no estaba vendiendo en la Academia Argentina de Letras). Y por él abandonó a sus padres, a su barrio. El desalmado (el mismo) la despojó de su pureza, depredó su juventud (le serví otra grapa, tal vez se calle).

—Y no satisfecho, el desalmado me arrastró a la perdición, las humillaciones, las vergüenzas, no se imagina lo que viví. Y ahora quiere... sí: alquilar mi belleza (no aguanto más, me tomo una grapa). Me escapé, con lo puesto. Él me persigue, amenazó matarme.

¿Qué clase de caballero soy?¿Para que la ayude tiene que declamarme Eurípides?

—¿Dónde está ese... el desalmado?

—Acaba de entrar —grandote, morrudo, negro e hirsuto como bosque de espinos en noche tormentosa, no me pareció el galán sedoso y aventurero que ella me describiera. Pero yo no iba a seguir con las exigencias.

Decidido, me encamino hacia él. El Caballero ingresa a la arena. No lleva lanza, tiene abrazado el maletín con los diccionarios de muestra, no encuentra dónde dejarlos.

Ya desde lejos me enfocó. Trajeado y con maletín negro, parecía importado de Chicago.

—Así que vos sos el nuevo macho de la Elvira —me increpó—. ¿Te agarró mamado o caíste de boludo? De golpe tenía en la mano un revólver más negro que él.

—Adónde tiró a los chicos, es lo único que me interesa. Son mis hijos, aunque por desgracia también sean de ella, pero ya no. Me decís donde están o te agujereo.

Yo, a todo esto, no había emitido ni una sílaba. Petrificado, miraba el abismo de ridículo en el que estaba cayendo, para colmo seguramente agujereado. El desalmado ya me estaba estrujando con una mano las solapas del traje, mientras con la otra me acariciaba la cara con el caño del revólver.

Perdón me equivoqué. Yo recién llego. Se confundió de macho, Elvira quién es. Vos quién sos. La lista de frases era interminable, pero no encontraba ninguna con la cual recuperar mi dignidad, mi respeto y de ser posible, mi futuro. Había una, qué boludo, pero le correspondía a él.

Por suerte a Elvira se le ocurrió, esas cosas de la vida, portarse como una dama, ahí, en ese momento, y apropiarse del libreto del marido, ex desalmado.

—Dejalo —dijo, acercándose serena, despierta a pesar de las grapas—, es un boludo pero bueno, me quiso ayudar.

Yo no estaba ni para discutir mi cociente intelectual. Me aferraba al maletín.

—Los chicos están jugando, en la pieza de arriba. Tenés razón, qué puedo hacer con ellos, qué puedo hacer por ellos. Llevátelos. Pero de mí olvidate, éste es mi mundo y en él voy a vivir lo que me queda.

El meteorito deflagró. Una reventada más.

El grandote, sorprendentemente pacífico, me llevó, su mano sobre mi hombro, hasta la puerta del café.

—Andate, boludo. Yo agarro a mis hijos y también me voy. —me dijo con simpatía, como con algo de complicidad, él tampoco salía muy bien parado del conflicto, pero se resignó, tenía lo que le importaba—.Ni vos ni yo somos de aquí

Sentado a la mesa de un bar, tomando un café, sin hablar con nadie, hundido en el fangal de la autocompasión, pienso. Mi madre me hizo caballero de cartulina. Todos sus personajes, especialmente las damas, están pintados de apuro, para decorar un acto de teatro amateur. ¿Para qué más, si yo, crédulo, me embelezaba ante cualquier maravilla de crayón?

A mis treinta y pico, concluyo deprimido, nunca llegué a ser el amor de ninguna mujer. Que refloté barcos hundidos, un montón; reparaciones necesarias, calafateado y listo, a puertos exóticos, fuiste todo un caballero, chau. Cientos de minas tienen mi teléfono 24 horas emergencias. Me piden plata, apoyo anímico, recargo batería, inflo neumáticos, arranque y a la pista, yo a el taller a esperar.

Fui un gil, otra vez.

Pero ya no. Cierro el service. No vuelvo a alzar tomates. Ni flores, por las dudas.

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Memoria de la casa de mi puta durmiente
[Basado en un cuento basado en un cuento]


Era de esperar que mis amigos, como acto central de mi despedida de soltero, hubieran tramado una salida de putas.. Específicamente de puta, de la que concienzudamente eligieron para mí. No era precisamente limitada mi fama de hombre virgen, sin más conocimientos sobre la noche de bodas que los que pudiera aportar mi futura esposa, aunque se rumoraba (mis amigos) que estaba redactando para mí un breviario práctico de posiciones sexuales.

Mi madre me había imbuido un respeto reverencial a la fragilidad femenina, una culposa conciencia de bestialidad profanadora de la pureza esencial de la mujer, para la cual el mundo era un inevitable valle de lágrimas, con profusión de ortigas aportadas por el marido y los hijos varones. ¡Todas las mujeres son putas!, aportaba mi padre a mi educación.

Fue natural entonces que mis prudentes y afelpadas –por no decir timoratas – incursiones juveniles se estrellaran en la indiferencia de mis candidatas. Parecen frígidas, concluí una vez. Son todas unas putas frígidas —dictaminó mi padre—, pero no obstante expertas en las artes de engatusar al macho. Esta noche te llevo de putas, de honestas reputas, que te van a enseñar todo lo que después podrás aplicar sobre las deshonestas. Me negué, fielmente encolumnado bajo las consignas maternas. ¡Pelotudo, ya te lavaron el cerebro!, exclamó mi padre indignado, golpeando violentamente la puerta de calle, camino a las putas.

La ceremonia anunciada por mis amigos reavivó en mí un estado de ánimo cada vez más frecuente últimamente: Llegaba al matrimonio –a la fidelidad, la monogamia, la misma sopa que quién sabe cómo sabía- sin siquiera haber olfateado los manjares que el sexo proveía con asombrosa frecuencia a mis amigos y allegados. No pude evitar las lágrimas de agradecimiento ante su gesto, motivado en la preocupación de evitar que ingresara en la carrera superior sin haber cursado las materias básicas. Ese gesto, y la bebida profusamente ingerida, nos llevó a declararnos –entre cantos estentóreos- todos hermanos inseparables.

De todos modos, con el prudente objetivo de no destruir con culpas y tabúes un loable rito iniciático, acordamos las siguientes condiciones: Tenía que ser con una mujer; era obvio, pero ya estaba acostumbrado a las picardías de algunos de mis amigos. Otra: ni la edad, ni ninguna otra condición nos haría transgresores de la ley; quedate tranquilo, está justo en el borde, pero dentro de las reglas. Otra: debía ser virgen; no quería poner en juicio mi inocultable inexperiencia.

A su vez ellos me informaron las siguientes clausulas: sin luz, al menos al principio. No exigirle hablar. Sin besos en la boca. Evidentemente la chica cuidaba su pudor y su inocencia, por encima de las circunstancias que la llevaban a comerciar con su cuerpo.´Y una aclaración: ella ya me esperaría en su habitación. Para mitigar los nervios propios de toda mujer inexperta posiblemente se encontrara dormida bajo el efecto de un calmante.

El sábado me pasaron a buscar. Un edificio elegante, casi suntuoso pero sin dar idea de la actividad que en él se desarrollaba. Nos guiaron a un vestíbulo, donde mis amigos conversaron entre susurros, con una dama elegante que después me guió hasta la puerta de una habitación a la que llegamos por un pasillo desierto y penumbroso. La música suave que cubría el silencio del lugar incrementó su volumen por un momento, seguramente para despertarla. Estaba firmemente determinado a controlar mis bestiales instintos para no herir la sensibilidad de esa niña que, recién en el despuntar de su virginal sexualidad, el destino traía a mis zarpas. Estuve a punto de renunciar, correr a casa y suplicar perdón a mi madre por ser lo que ella siempre aseguró que era. La dama que me guiaba interrumpió mi mea culpa previo.

—Una sola cosa más, señor —me dijo mientras abría la puerta, la suerte ya estaba echada—: al entrar debe desnudarse y acostarse a su lado. Hay un sillón cerca de la puerta. Sólo después de Ud. se desnudará ella. Comprenderá, señor… Yo no comprendí nada pero asentí. Entré. La puerta se cerró, la oscuridad era absoluta.

Me desnudé, tal vez con excesiva rapidez. Estaba despierta, me parecía oír su respiración agitada. A pasos cortos y tanteando alcancé la cama. Palpé mi lado vacío, casi tibio. Sentí el roce una tela suave que se retiraba, mientras me acostaba. Mis nervios crepitaban, nunca había tenido una erección como la que sentía. El borde de la tela rozaba mi cuerpo, mi vientre, mi sexo. Ay mi Dios. Me estremecía en espasmos de terror y placer alternados. Recordé esas películas con juegos sexuales en los que intervenían hielo, cuchillo y aún, recuerdo, un revolver pegado a la sien. Me imaginé amarrado a la cama. Oí que colocaba algo sólido sobre la mesita de luz. ¡el revólver! Nuestras dos respiraciones parecían de caballos bufando. Sentí sus uñas, filosas, arando mi pecho. La tela sedosa cayó sobre mi cara, mientras la sentí erguirse, rodear mis caderas con sus piernas, acariciar mi miembro tembloroso con sus uñas y luego dirigirlo hacia una bomba de succión en plena marcha. Pobrecita, imaginé, tan joven y qué voluntad pone. Entre espasmo y espasmo me quité la tela de la cara mientras ella me cabalgaba frenéticamente.

Justo cuando los fuegos artificiales comenzaban se encendió la luz y la vi. ¡Estaba copulando con la Muerte!; si estaba muerto por qué el infierno, mamá, mamita. Y si estaba vivo y no era una pesadilla, estaba teniendo sexo con una vieja de no menos de 90 años, flaca, sarmentosa, sus pechos dos colgajos, una blanca pelambre erizada, una boca desdentada (si, la dentadura estaba sobre la mesita). Claro, estaba en el borde… de la tumba. O fue el horror, o ya no había remedio, exploté en surtidor, en volcán en erupción que extraia lava de mi médula espinal, ella aullando como en una bacanal del infierno. Creo que yo también.

Todo terminó. Mientras yo caía lentamente en un abismo catatónico, ella desmontó, se puso la tela (el camisón), se reubicó la dentadura, me trajo mi ropa del sillón, y me dijo Gracias, hijo, tenía miedo de morir 0km, sin uso, virgen de desván. Fuiste justo como yo pedí, me gozaste como si hubieras estado con una Lolita. Sos todo un profesional. Tomá, el servicio ya está pago, esto es para vos —de algún lado sacó una cartera, de la que extrajo un fajo de billetes—. Ahora andate, si llego a morir ahora seria lo ideal, pero quiero que guardes un buen recuerdo. Chau. Me dio un beso en la mejilla y se metió en el baño.

No se si me vestí. Sólo recuerdo que en la puerta me recibieron, me levantaron y me llevaron a casa. Dormí, dicen, 27 horas.

Todo bien. Sólo que, ahora, le escapo a las ancianas. Y ante una siquiera remota posibilidad de sexo tengo lo que llamo una retroereccion. Dicen que me voy a curar, con el tiempo. A mis amigos qué puedo reprocharles. Con lo que cobraron por «servicios sexuales especiales» pagaron la fiesta; yo dejé de ser virgen y cobré por eso. Ni pienso en repetir la experiencia, mi corazón y mi estómago no lo resistirían, pero ¡qué polvazo!

© Carlos Adalberto Fernández /
El Cuaderno de Cadal / Blog

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José M. Vallejo (México)
Homero Aridjis: ¿Un escritor marginalizado?


Del mismo modo como la obsesión por el tiempo marca la obra literaria de Marcel Proust en En la busca del tiempo perdido, observamos en el poeta y escritor mexicano Homero Aridjis, Michoacan 1940, una marcada obstinación, una sorprendente fascinación por el astro rey, el Sol y sus misterios, jeroglíficos y actos sacramentales traducidos en el mundo alucinante de las mariposas, las flores, el polen y los mitos mayas-aztecas relacionados.

Tal vez por haberse iniciado como poeta, reconocido tempranamente en su talento por Octavio Paz, y haber sido premiado y celebrado posteriormente por su lírica versátil y vivencial, la novelística de este autor post boom hispanoamericano continúa, sin advertirse, la significativa técnica narrativa del también mexicano Juan Rulfo con los distintos planos cronológicos de pueblos vivos y muertos examinados por su propios habitantes. Es así que en la novela El Hombre que amaba el Sol (2005) y en la Leyenda de los soles (1993) el lector puede familiarizarse mediante la percepción poética, fuera de la retórica habitual, con la imagen mítica vinculada a la historia mexicana. Se profundiza a no dudarlo el sol de las pirámides definido por el autor como “el sol de los cerros
de la creación mexicana de los cuatro soles y la era del quinto sol,
como la actual».

El aporte gramatical-lingüístico manejado por Aridjis, de alternancias temporales y espaciales mantiene a través de la lectura el contrapunto de varias narraciones simultáneas bajo un hilo conductor. Los prototipos originales se presentan por oposición y semejanza en la estructura totalizadora de la novela El hombre que amaba el sol. Las esporádicas apariciones de Margarita, la esposa de Tomás muerta súbitamente, son fragmentos de recuerdos donde se juntan hechos mágicos y rutinarios. Recuerdos donde están presentes las largas conversaciones de los diálogos de monólogos, los de ella centrados en las noticias estrafalarias y alarmantes, los de él en la fijación de los misterios del sol.

«En Inglaterra los vehículos tienen el volante a la derecha».

«En Rusia la falta de sol en invierno puede producir una tristeza azul, un desorden afectivo estacional. Con frecuencia la gente se cura de esa tristeza azul con alcohol».

«Se han avistado platillos voladores en la Zona del Silencio». «Arrestaron al jefe de
la policía de Chihuahua por dedicarse al secuestro y a la violación de menores».

Y Tomás responde: «¿no crees que existen correspondencias entre las formas solares y las formas terrestres?»

«La miel, ¿qué cosa hay más solar que la miel?»

«Las flores amarillas de los campos son rayos solares materializados».

«Soñé que en otra vida fui el sacerdote egipcio que compuso la Letanía de Ra y en Teotihuacan el dios que creó el quinto sol de las cenizas de los cuatro soles anteriores».

A través de esta novela existen saltos de la realidad al inframundo de los difuntos y los antepasados precolombinos, lugar donde las alucinaciones solares de Tomás, profesor destituido de un liceo escolar, motejado como el loco del sol, transportan al lector hacia la arqueología y la mitología de los complejos dioses mexicanos base de las abundantes leyendas populares.

Clasificada su obra como del post boom, me inclino más, por el estilo, hacia la asignación de nueva literatura o como la llamo «literatura del siglo XXI» por su regreso al realismo con interrupciones mágicas en una prosa más sencilla de leer al poner énfasis en las culturas antiguas, las leyendas, la historia y el arte. De allí que Tomás, el carácter principal de la novela, adquiere por sí mismo el apellido de Tonatiuh que es el nombre del sol en el idioma nativo mexicano Náhuatl y a partir de ese instante su existencia transcurre en el centro de un mundo alucinado en búsqueda de la luz o sea el origen de las creencias indígenas desde los Incas en el Perú hasta los Aztecas en México. «El sol que va
haciendo el día» y en el caso de Tomás, «el que va haciendo la vida».

También como en las novelas cubanas, Aridjis, se plantea en la narración el sincretismo religioso de los credos originarios con el catolicismo perteneciente al colonialismo.

* En nuestro mundo el eclipse es una lucha entre el águila, nagual del sol, y el jaguar, la muerte. Miren dice un curandero nahua: «el jaguar del cielo nocturno se está tragando al Quinto Sol.

* «Es el eclipse del divino sol por la intersección de la Inmaculada Luna, María Nuestra Señora Venerada en su sagrada imagen de Guadalupe, para librar de contagiosas pestes, y asegurar la salud de la especie humana», se arrodilló una monja.

* «Bravo, ve y piensa: la danza del sol y de la luna con la tierra se está llevando a cabo», exclamó un maestro de escuela, «me tiemblan las chiches y mi vagina sangra», una joven del Club de las Selenas alzó un alcatraz. ¿Vieron? Se me puso la carne de gallina, como si el eclipse del sol se hiciera dentro de m».

* « … En nuestra cultura –afirma el curandero-el eclipse de sol se dice Tonatiuh Qualo, que significa: el sol es comido, devorado en pedazos por el jaguar».

* «Este eclipse mostrará al Cristo cósmico y a la María de los mares lunares la era del cambio», aseveró la monja».

En la novela, Teresa, ahijada de Tomás quien fue su alumna en el liceo, está enamorada del viudo en permanente consulta con su esposa muerta Margarita, y él también es seducido por los encantos de su ex alumna padeciendo múltiples desvaríos sexuales nunca realizados. Este amor platónico transcurre plácido hasta la vejez, pues Tomás al sentirse inspirado a trabajar en sus investigaciones sobre el sol, se olvida del amor materializado. En realidad, en el conjunto de la novela, como en Pedro Páramo de Rulfo, estamos siempre en las fronteras de la vida y la muerte.

El desafío de Aridjis, escritor de cierta manera marginalizado en su propio país por la crítica dedicada en su mayor parte a la propaganda de ventas y no a los logros literarios, primero el negocio luego la cultura, se enfrenta a la novela lineal o sea a la de construcción tradicional en la que han caído escritores como Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa con sus Best Sellers, en principio, hoy en día, ambos dedicados a temas triviales y sexuales (prostitución), luego de sus éxitos iniciales como novelistas de rango incluidos, sin crear estilos propios, como Carpentier, Cortázar y García Márquez, en el boom latinoamericano.

El tono de estas obras triviales es invariablemente la descripción y no la denuncia acerca de la explotación del ser humano en las variantes étnicas, clasistas o de discriminación de la mujer en el mundo actual, donde está censurada cualquier apología dirigida a la segregación y la exclusión.

EL AUTOR; Poeta, narrador y diplomático, embajador de México ante la UNESCO, Homero Aridjis es también un combativo activista por los derechos humanos y la defensa del medio ambiente, habiendo creado el Grupo de Los Cien, conjunto de renombrados intelectuales y artistas comprometidos con la preservación de la naturaleza y el ecosistema, dinamismo no bien visto por las autoridades oficiales de México, aunque vitales para su creación literaria. Fuerza motriz progresista impugnada en su país de origen, motivo por el cual el autor se ha visto frecuentemente estorbado (marginalizado) en cuanto a la divulgación de su obra fundamental de hacer convergir la protección del agua, la tierra, los árboles, la vida animal, con la creación poética y novelística. Con 38 libros publicados traducidos a vario idiomas, y varios galardones literarios, la marginalización en el mundo de la cultura mexicana y latinoamericana oficial tiene que ver, sin duda, con su posición política e ideológica. / Tomado de
Bosque de Palabras



Es uno de los escritores más prolíficos de México. Periodista, novelista y catedrático, fue becario de varias instituciones mexicanas, y profesor de literatura mexicana en varias universidades norteamericanas. En 1993 la Universidad de Indiana le otorgó el doctorado Honoris Causa. Ha desempeñado diversos cargos diplomáticos a través de su carrera: en 1972 fue agregado cultural de México en Holanda, y posteriormente, fue embajador de México en Suiza. También dirigió el Instituto Michoacano de Cultura. Su antología incluye sus obras más conocidas: «Los ojos desdoblados», «Antes del reino», «Los espacios azules», «Tiempo de ángeles» y «Antología Poética».

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Homero Aridjis: Textos
Al hablarte me escuchas...


Al hablarte me escuchas
desnuda de conceptos
renuncias a ti misma
para volverte aire
y al vuelo de mis pájaros verbales
concibes la palabra
siempre virgen y madre
vas perdurando los instantes
en tu cintura poderosa
algún día
cuando pierda al mundo
me harás permanecer.

Homero Aridjis

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Mitla

Señoras del presente y del olvido
las hormigas recorren
los espacios del silencio
arrastrando grumos de vida
hacia el mundo de las sombras

Como vampiros con las alas abiertas
en el horizonte borroso
los escuálidos señores de la muerte
sin proyectar sombra sobre el suelo arenoso
sin ser tocados por el viento o la hora

Entre peñascos rotos que un día acabarán
sobre el sabino antiguo que un día caerá
sin la memoria mínima de los dioses extintos
ni del Bigaña estricto que se volvió humedad
miro el sol que se muere

Bajan las sombras lentas
por los caminos ralos de Monte Albán
y dirigiéndose al otro mundo
atraviesan cuerpos y muros
con su temblor y frío

En el patio ruinosos al borde de una tumba
un sacerdote enjuto con camisas de grecas
arroja su espectro sobre el polvo
y traza con dedo descarnado
la forma de las constelaciones deshechas

Homero Aridjis

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A Betty de Homero Aridjis

Y Dios creó las grandes ballenas
allá en Laguna San Ignacio,
y cada criatura que se mueve
en los muslos sombreados del agua.

Y creó al delfín y al lobo marino,
a la garza azul y a la tortuga verde,
al pelícano blanco, al águila real
y al cormorán de doble cresta.

Y Dios dijo a las ballenas:
«Fructificad y multiplicaos
en actos de amor que sean
visibles desde la superficie

sólo por una burbuja,
por una aleta ladeada,
asida la hembra debajo
por el largo pene prensil;

que no hay mayor esplendor del gris
que cuando la luz lo platea.
Su respiración profunda
es una exhalación».

Y Dios vio que era bueno
que las ballenas se amaran
y jugaran con sus crías
en la laguna mágica.

Y Dios dijo:
«Siete ballenas juntas
hacen una procesión.
Cien hacen un amanecer».

Y las ballenas salieron
a atisbar a Dios entre
las estrías danzantes de las aguas.
Y Dios fue visto por el ojo de una ballena.

Y las ballenas llenaron
los mares de la tierra.
Y fue la tarde y la mañana
del quinto día.

Homero Aridjis

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Alicia Fontecilla (España)
Monólogo a Bucoscky


Tómate un café, Bucoscky, tómate un café y deja que los cadáveres se endurezcan bajo la nieve, ya vendrá el tiempo del deshielo, lo sabes, la primavera siempre llega, pero no te olvides, eso sí, de engrasar bien tu fusil, no queremos accidentes, Bucoscky, no, no te hagas ilusiones, no es que me preocupe por ti, no nos podemos dar el lujo de otra baja en la compañía, quedan muy pocos defendiendo esta posición.

La tormenta arrecia, Bucoscky, no veo ni un metro hacia afuera, parece una noche blanca, me pregunto si el enemigo se habrá atrevido a salir en medio de de este acabo de mundo, no creo, pero nunca se puede estar seguro, uno se confía y surge una bala de no sé dónde y te da justo en medio de los ojos, abriéndote un agujero de incertidumbre, peinándote el cerebro con una raya al medio que arrastra fragmentos de hueso y pólvora ardiendo.

No me mires con esos ojos tristes, Bucoscky, esa mirada vidriosa me altera los nervios, prepara otro café mejor, sé que preferirías otro tipo de líquido quemándote las entrañas y cubriendo con un manto temporal el terror que te clava al piso en la hora de tu hora, pero ya no nos queda nada en las provisiones, sólo café y cerillas, podría ser peor si no tuviéramos cómo encender fuego.

¡Vamos, Bucoscky! ¡no llores, hombre! ahórrame la contemplación del gesto torcido de tu cara, el estremecimiento convulsivo de los hombros, los mocos colgándote de la nariz, no quiero escuchar tus gemidos, tus lamentos desgarrados, tu voz volviendo a la infancia, llamando a tu madre en medio de balbuceos patéticos. Trata de controlarte, y si no puedes, haz el favor de cerrarme los ojos para no seguir presenciando el espectáculo de tu derrota.

Alicia Fontecilla / 22.10.2009

[«Cuando escribí esto no estaba pensando en Charles Bucowski (qué tengo claro cómo se escribe, no suelo equivocarme con la ortografía)»].

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Santiago de noche (microrrelato en 100 palabras)

Amo recorrer las calles del Santiago nocturno, despejadas, amplias, solitarias. Ha valido la pena sufrir tanto arreglo estos años: tacos, estrecheces, desvíos, polvo, el buen resultado justifica las molestias.

He manejado a muchos kilómetros por hora, las calles vacías invitan a aumentar la velocidad. Me gusta girar rápido en las esquinas mientras escucho la radio a todo volumen, a esta hora nadie se fija cuando paso los semáforos en rojo.
No sé cuánto tiempo ha pasado, no veo a nadie, quizás deba esperar hasta que amanezca. Lo único malo es que no sé si estaré vivo: el choque fue brutal.

Alicia Fontecilla 18.11.2009

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De Bestias

¿Por cuánto tiempo puede el lobo sostener en su cuerpo la piel de oveja? ¿Por cuánto más puede la sonrisa rígida, dibujada con un rictus de tortura en la cara, evitar que los colmillos asomen por sobre los labios?

¿Cómo puede la propia naturaleza de la bestia aparentar estar constreñida en el espacio rígido de los afectos familiares, la taza de café compartida, el darse la mano para avanzar un paso en la escalera, las risas comunes ante un chascarrillo, el roce de un cuerpo contra el otro?

¿seguirá conteniendo la respiración estropajosa, el aliento a carnes en descomposición, la sangre que corroe las venas, la yugular urgente? ¿sujetará a tiempo la garra que se adelanta en un gesto equívoco hacia la garganta del hombre?

¿podrán, los que lo rodean, ignorar la ferocidad arrojada en llamaradas desde esos ojos que se funden con el azul profundo de un mar que nunca ha estado presente? ¿terminará escupiendo su propia historia sobre el hábito incontenible de destrozar aquello que anhela?

¿sobrevivirá a sí mismo? ¿podrá escribir, finalmente, un capítulo distinto a la historia que se repite de vida en vida? ¿encontrará bajo capas de pieles, de ovejas, de lobos, de todos los personajes que ha inventado, la humanidad necesaria para conservar el alma?

Alicia Fontecilla 17.11.2009 /
De Bestias

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Ian Welden (Chile)
La Chancha

Que error es para la mujer esperar que el hombre construya el mundo que ella quiere, en vez de crearlo ella misma: Anais Nin (1903-1977)

Me dicen La Chancha. Yo sé muy bien lo que los vecinos ven en mi cuando salgo de mi pequeño departamento en Copenhague con mis botellas vacías a cuestas y mi triste rostro púrpura cual corazón arrancado de raíz arrastrándose por las veredas del barrio. Ven a una mujer apaleada por la vida y el dolor, hediendo a soledad y desesperanza que anda por las calles todas las mañanas puntualmente a la salida del sol comprando su urgente ración de cervezas, vodka y cigarrillos. Ven mi enorme cuerpo desproporcionado y mis sucias y desteñidas mechas amarillas. Ven simplemente a una chancha.

Vivo sola. Ningún hombre me quiere tocar y la única visita que recibo es la dulce y siempre profesional enfermera estatal que viene cada quince días a controlar mis medicamentos y ver si aún estoy viva.

El único resquicio de juventud y belleza que me queda son mis ojos azules como el cielo.

Cuando despierto a medianoche tiritando por las abstinencias y alucinaciones me arrastro a mi balcón a respirar aire frío y espiar al vecino del frente saliendo húmedo y fresco de la ducha. Lo observo con fruición a través de mi telescopio. Es un hombre extranjero bello como una sombra lunar que me hace pensar en el paraíso perdido. El se deja observar porque yo soy La Chancha. Me ignora totalmente.

A veces me encuentro con él en el supermercadito de la esquina. No me atrevo a desafiar sus miradas de desprecio a pesar de que hemos vivido frente a frente en el mismo vecindario ya más de veinte años. Conozco su nombre, sus costumbres, sus secretos y sus más íntimos deseos.

El nada sabe de mi y yo nada espero de él. Es tan sólo una entretención estética.

No siempre fui La Chancha. Parte de mi vida fui Eva. Eva la de los ojos celestes. Eva la de los cabellos de sol. La de Toda la vida por delante.

Estudiaba arduamente astronomía en la Universidad de Dinamarca y escribía furiosos poemas de amor y rebeldía que publicaba anónimamente en La gaceta Estudiantil a escondidas de mi padre, un severo y reaccionario pastor luterano. Me interesaba la luna, el objeto celeste que más ha fascinando a la especie humana y uno de los cuerpos más grandes del sistema solar.

Me impresionaba la inmensa soledad que había entre ella y nuestro planeta. "Trescientos ochenta y cuatro mil cuatrocientos kilómetros! TRESCIENTOS OCHENTICUATRO MIL CUATROCIENTOS KILÓMETROS! nos gritaba apasionado el hermoso profesor Andersen.

Andersen me violó una noche de luna llena. Yo tenía dieciséis años de edad y era ingenua y virgen como un suspiro. Creí que me iba a amar toda una eternidad pero al enterarse de que estaba embarazada con su hijo me hizo abortar a golpes y logró expulsarme de la universidad. Mi padre me echó de la casa y habiéndolo perdido todo me dediqué a vagar por las calles congeladas y dormir en los hacinados albergues del Ejército de Salvación Danés.

Como había heredado la aguda perseverancia y perspicacia de mi madre seduje al viejo director Henrik Petersen quién me instaló en un pequeño departamento del tamaño de un caja de fósforos en el sector de los prostíbulos de Copenhague, regalándome además un magnífico telescopio reflector newtoniano. Con este exploraba el sistema solar, mi querida luna y los desmesurados asteroides que rondan por la galaxia.

Henrilk me visitaba todos los días a la hora de almuerzo salvo los fines de semana. Procedía a violarme sin preámbulos y luego se marchaba dejándome algún dinero para mis necesidades básicas. En algunas ocasiones me hablaba de su esposa y de sus cinco hijas adolescentes como si estuviera hablando de yeguas.

Pensé mucho en esa noble mujer traicionada por mi.

Mi sentido de culpa se transformó en una violenta obsesión. La imaginaba caminando en puntillas, descalza, para no despertar a su marido de sus largas siestas ceremoniales después de haber fornicado conmigo. La veía cociendo los botones de sus impecables camisas blancas, zurciendo sus calcetines y planchando sus corbatas a altas horas de la noche, sola y abandonada por la vida.

Yo Odiaba a Henrik con toda mi alma tanto como me odiaba a mi misma. El recuerdo de mi abnegada madre me acosaba en esos tiempos vergonzosos y en mi delirio de alcohol confundía a ambas creyendo que eran una misma persona.

«Llega a casa
de sus citas clandestinas
ý sin dirigirte una sola palabra
simulando displicencia
cual gato insatisfecho
te obliga a realizar
tu misión en la vida.

Y vas recogiendo y juntando
una cosa con otra
calcetines
zanahorias
hijos
copulaciones
partos
abortos
olvidando que esa noble tarea
ya la has cumplido con creces.

Pero el insiste testarudo
y manipula con silencios
y tu confundida
corres nuevamente
a aparear lo inapareable
más calcetines
más fetos
para no perder
lo que ya se perdió
hace tantos y tantos años".

Lloraba por las noches. La soledad me consumía y añoraba volver al alero de mis padres y a la limpia y vital actividad estudiantil. La vida me estaba dando tempranas lecciones de dolor y humillación y necesitaba el consuelo de la ingenuidad y de las cosas simples. Dormía abrazando a mi vieja muñeca de trapo y llamaba en sueños a mi dulce madre…

«Duérmete mi niña, duérmete mi amor, duérmete pedazo de mi corazón».

Henrik me golpeaba por si acaso, como decía. Comenzó a ver amantes imaginarios debajo de la cama u ocultos en el baño. Me prohibió salir a la calle bajo pena de muerte. Me encerró con llave y sus violaciones se tornaron aún más violentas y dolorosas. Me traía botellas de vodka y whisky todos los días, y me obligaba a beberlas como si fueran agua. Me quemaba con cigarrillos y en un arranque de locura y perversión final me arrancó la cabellera con un cuchillo de cocina. No puedo entender como ni porqué no había saltado antes a la calle desde mi ventanilla de Rapunzel. No fue intento de suicidio. Fue un acto de heroísmo y emancipación de una pobre niñita desesperada. Lo único que llevé conmigo fue mi querida muñeca de trapo.

Cuando volví a abrir los ojos un ángel vestido de blanco me observaba con preocupación. Me toqué para saber si estaba viva y otro ángel me sujetó las manos.

Usaba guantes de goma y una mascarilla le cubría la mitad del rostro.

La cabeza me dolía violentamente y apenas podía mover mis piernas. «No tengo alas aún...», recuerdo que le dije. «no las necesitas, tienes mucha suerte», me contestó sonriendo.

Mi estadía en el Hospital Psiquiátrico del Reino me reconcilió con el mundo por un tiempo.

Mi cabellera de oro creció nuevamente al llegar la primavera y mis ojos se inundaron de frescas luces celestes.

Los ángeles, como yo los llamaba, eran médicos hábiles y cariñosos como la misma naturaleza. Cumplí mis diecisiete años de edad en paz bajo su protección y vi como mi abatido cuerpo de niña se transformó en el de una magnífica y bella mujer.

Un sereno amor me sorprendió una tarde mientras paseaba por los jardines del hospital sumida en mis pensamientos. Andrei, con su espíritu de niño juguetón y sus inmensos ojos inocentes me robó un beso y quedé hechizada.

Desde ese momento fuimos inseparables. Escribíamos poemas de amor y nos tendíamos a dormitar y conversar abrazados bajo los cerezos en flor. Los ángeles nos sonreían y mis brutales alucinaciones alcohólicas fueron disminuyendo hasta desaparecer del todo. Fui "Eva la de toda la vida por delante" nuevamente. Eva la de los ojos de cielo, la de la cabellera de sol. Me sentía rescatada del infierno y de las pesadillas y creía incondicionalmente en mi capacidad de ser una mujer libre y feliz.

No dormía con Andrei pero ya tampoco con mi muñeca de trapo. Me atreví a soñar con un hogar.

«Como quisiera tener un techo
un techo y un jardín con flores
donde nunca más entren los demonios.
Yo te cuidaría te lo prometo.

Como quisiera tener raíces
húmedas y poderosas
creciendo en nuestros corazones».

Mi madre me visitó una tarde trayéndome un ramo de flores ya secas. No la reconocí al principio. Vestía entera de negro y olía a naftalina. Me escupió en la frente y me deijo que mi padre había fallecido de vergüenza. Que se sentía traicionada y ofendifa por mi.

Me preguntó con ironía si había hecho mis deberes. Me habló burlonamente de tiburones que acechaban al planeta, de la Vía Láctea que se iba a estrellar muy pronto con el Cúmulo de Virgo y del volcán marcianoMonte Olmpus el más grande del sistema solar, que medía veinticinco kilómetros de altura y que constituía el falo más potente de toda la galaxia.

«Haz que estudie, hijo mío», le dijo con sarcasmo a Andrei dándole un obsceno beso en la boca. Se fue riendo encorvada como una sombra muerta y comprendí en ese momento que jamás la volvería a ver.

Mi recientemente readquirida confianza en la existencia se hizo trizas brutalmente y para siempre con esa cruel parodia maternal. Yo amaba a mi madre por sobre todas las cosas del mundo. Caí en un profundo precipicio de horrores y desolación.

Creo que fue en esa oportunidad que el protocolo de La Chancha fue escrito para siempre en las estrellas.

Los ángeles del estado danés revolotearon a mi alrededor bombardeándome con medicinas experimentales y mixturas enigmáticas. Andrei dormía a los pies de mi cama y me leía crípticas citas del filósofo Søren Kierkegaard, intentando hacerme salir de mi oscuridad. «La angustia es el vértigo de la libertad». Luego se transformó en contrabandista trayéndome botellas de vodka que yo zampaba en pocos segundos logrando un estado de insensibilidad total. No le temía a la muerte ni a la vida. Ni siquiera sentía indiferencia.

Seguía escribiendo si, y mi poesía se tornó incolora y amenazante. Andrei se sintió excluido y solitario y cayó a su propio agujero de pesadillas y terrores. Y ahí estábamos los dos, cada cual en su túnel, como topos ciegos y solitarios; nuestras almas muriéndose de hambre.

«La torre que me abraza con tanto cariño
me mantiene distante del sol.
Me protege de mis sueños
y me enriquece con las virtudes de las piedras.

Las pantallas que reemplazan mis ventanas
me dan toda la información que necesito.

Las cuatro estaciones son adversarios inútiles
de mi amada isla en el mar de las sombras.

Te gustaría entrar a visitarme?
Te invito a entrar.
te gustaría ser como yo?

Esta torre crece y trepa en mi vientre
como una astuta lombriz solitaria
satisfaciéndome con espejismos e ilusiones.

Estos cables hurgan en mi cerebro
en busca de mi capacidad
para transformarme en esclava.

Sabes lo que esto significa?
Sabes lo que quiere decir?
Sabes que ya estás a punto
de aceptar mi invitación?»

La ángel jefa del hospital, que curiosamente se llamaba Ángela, no nos dejó morir. Nos trasladó con camas y petacas a su propia oficina y nos cuidó día y noche con la ternura de una madre. Ángeles y otros mortales entraban y salían como si fuera la Estación Central de Copenhague.

Creo que esa actividad febril nos hacía bien. Pero en las noches caía un silencio sagrado; nos cantaba canciones de cuna y nos alimentaba con biberones de tibia y dulce leche materna que ella misma producía ya que recientemente había dado a luz a su primera hijita. El bebé dormía en una cuna en un rincón de la oficina y su llantos y gorgojos fueron también un elemento importantísimo de su terapia angelical.

Durante varios meses y con paciencia de santa nos fue haciendo renacer, hasta que una mañana Andrei despertó sonriendo y desde su cama me lanzó un beso con la mano. Angelita rió de felicidad al ver el magnífico beso volando a través de la oficina y yo tuve energías para levantarla en mis brazos, atrapar el beso y ponérselo en la boca como si fuera un caramelo.

Pasado el invierno llegó por supuesto una nueva primavera y luego otro otoño y así sucesivamente como suele ocurrir en este planeta, hasta que un día Ángela recibió el Premio Danés de la Paz por su ya célebre Nueva Terapia del Renacimiento. También fue nombrada ministra de salud por el gobierno danés y como último gesto de cariño hacia nosotros, nos regaló una casita con jardín, árboles y avecillas, una hermosa Biblia con páginas en blanco para mis poemas y un flamante telescopio reflector Schmidt-Casegrain para observar juntos el universo.

Y nos despedimos para siempre, ya sanos y sin adicciones ni pesadillas.

«Un ángel necesita alimento.
Un ángel te nutre
y de esa manera
se nutre a si misma.

Te alimenta cubriéndote
con sus alas y caricias.
Cuando ya puedas caminar
nuevamente
y tus horribles confusiones
hayan quedado en el pasado
y andes por ahí
por los parques y bosques
bailando valses y tangos
ella aparecerá
soplando en tu cabello.

Te llenará de poderes
maravillas y estrellas
y volará urgente a socorrer
a otros mortales heridos.

Pero siempre regresa a ti
para alimentarse.
No lo olvides».

Pero lo olvidé... Nos casamos en nuestra nueva casa una soleada madrugada de junio. La noche anterior ya hice trampas. Monté el telescopio y exploré el sistema solar en busca de tiburones y las almas de mis padres.

Andrei me regaló un camino de rosas que empezaba en la mesa del comedor, atravesaba nuestro pequeño jardín y desaparecía en el horizonte cubierto por verdísimos bosques de hayas danesas. Sin testigos ni parientes nos amamos por primera vez, dulcemente, con ternura. Luego seguimos el camino de flores y dormimos todo el día a la sombra de las soberbias hayas.

La historia de la vida de Andrei siempre fue un enigma para mi. La cuidaba como quien cuida un pecado mortal. Cuando yo intentaba hurgar en su pasado se retraía rápidamente como un caracol herido.

Cuando finalmente lo perdí para siempre por otra mujer, se llevó sus secretos junto con mi cordura en una vieja maleta de plástico.

Viví sola en la casita una eternidad. Vi pasar lunas y soles vertiginosamente ante mis ojos así como el condenado a muerte ve pasar su vida entera segundos antes de morir. Busqué a Ángela y después de deambular por larguísimos pasillos solitarios y golpear en las puertas de cientos de oficinas sofocantes, la encontré firmemente pegada a su taburete de ministra, como una araña mortal, dando órdenes prepotentes y firmando leyes oscuras y obscenas.

No me reconoció.

Cobraba puntualmente cada mes el pequeño cheque que me enviaba la Oficina de Seguridad y Bienestar Social del Estado. Por las noches escudriñaba la galaxia en busca de algún ser con quién poder hablar y me dormía abrazando a mi muñeca de trapo, atontada por el alcohol pero sobre todo por la vida misma.

El incendio simplificó las cosas y borró todas las huellas y olores de Andrei de una vez por todas. Solamente alcancé a rescatar el telescopio. La policía me trató con amabilidad y no me encarcelaron.

Y volví a vagar por las nevadas calles de Copenhague arrastrando mi telescopio y durmiendo en los albergues del Ejército de Salvación. Pera ya no era joven. Ya era la Chancha.

«Tengo hambre
como un animal domesticado
abandonado a su mala fortuna
y a sus desdichas azules.

Tengo sed
y una tormenta en mi vientre
que voltea creencias
banderas y tradiciones.

Tengo un miedo oscuro pero sereno
que me da un valor peligroso
voy a reventar al universo
por una barra de pan.

Las sonatas y silbidos
las mágicas canciones de cuna
se perdieron en el lodo
desparecieron de las estrellas.

Tengo hambre, miedo y sed
tienes que poner atención
un peligro mortal te acecha
por favor ten mucho cuidado.

«Chancha de mierda!», me gritan los crueles jovencitos desde sus automóviles. En algunas ocasiones se detienen ante mi departamento en la noche y tocan sus bocinas durante horas despertando a todo el vecindario.

«Cerda puta!», «Marrana borracha!» «Puerca bastarda», cantan felices en coro quemando tachos de basura hasta la madrugada, mientras la policía observa impasible riendo a carcajadas. Niños pequeños me lanzan huevos en la calle y perros me ladran y persiguen.

Sin embargo Jensen, el dueño del almacén donde compro mis provisiones y mis cigarrillos, es una persona amable, un verdadero caballero. Me trata con respeto y me da crédito cuando no tengo dinero. Su bondad me hace llorar, me seca las lágrimas con su propio pañuelo y me da palmaditas en los hombros.

Un cartero me visitó hace como mil años atrás. Con el pretexto de preguntarme algo, una dirección, ya no recuerdo bien, entabló una ridícula pero simpática conversación que terminó en mi cama. Me amó con delicadeza y maestría regalándome un orgasmo de treinta minutos. Como toda chancha soy omnívora y me alimento con los restos de la verdulería del señor Mohammed a la vuelta de la esquina.

O sea que aún existen seres nobles y generosos en este mundo, supongo.

Ian Welden

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Javier Monroy (Perú)
Razones para ineventar ®


se puede estrujar la cara con muecas de asco y retuerzos insolitos
extrañar el acido olor del vómito en el babero de la madre
contratar gitanas que te mientan con artes creibles

es posible ensayar arrepentimientos al dar las seis en punto
evadir las miradas de los viejos pensionistas en la calle
comprarte una misa por la salud del conserje

nadie empero debe negarte una cerveza mientras
descalzo pateas piedras en la avenida
rechazar tu amigable sonrisa desdentada
indagar la naturaleza de tus intenciones
clavar miradas convulsas sobre tu foto
sospechar de la malignidad de tus recuerdos

como harás entonces para no ser más
que una cuerda endeble en el vacio entre el superhombre y dios?

sólo te queda hacer garabatos con tu realidad deformada

(cuando logres el invento
llamame)

<>

¿Para qué escribo? ®

Lo peor es cuando has terminado un capítulo y la máquina de escribir no aplaude: Orson Welles

Como semillas que escupe de vuelta la tierra inseminada. Como pus reseca que extraen de occisos en las morgues. Como lagrimas regresando a su cuna de nubes. Así me brotan a mí las palabras. Así saltan desde el esternón como aliens difuminados por las sombras de errores pasados. De fracasos notificados. De olvidos presagiados. Así me atacan por la espalda y por los costados. Nunca de frente, porque allí, en esa cuarta pared, es donde se consuma el acto. donde se aparean en líneas difusas o delineadas. En formas de moral esquiza o politicamente correctas. En neurosis divinizadas por el ansia contenida. En rasgos imprudentes como una figura islámica. Como una daga que guardaba en la nuca sin darme cuenta.

Pero por qué o para qué escribo, es un misterio dentro de un acertijo envuelto en un enigma.

Será para escapar de los vastos dominios de lo gregario. Será para espantar los espectros que me mordisquean el alma. Será por una acomplejada sensación de superioridad sobre quienes no lo hacen.

Qué ocurre en esa escena aterida hasta el tuétano que te abraza, te aprieta, te asfixia ante la pantalla en blanco. Qué innombrable poder te posesiona para disparar centellas cuya existencia en ti ignorabas. Qué élan vital te arroja a la arena en que tú, gladiador solitario, debes combatir a tigres de bengala, a esclavos resentidos, a letales cuadrigas griegas.

En esa tierra de nadie que flota pesada entre el teclado y el telón de fondo. Allí es que todo ocurre. Allí debes zigzaguear para evadir las puyas, los besos, las visiones, el rencor, el deseo. Para no perder el control del proceso creador. Para parir costras latentes en espirales infinitas. Para celebrar el facto de una vida transcurrida hacia una muerte anunciada.

Cómo lidiar con los electrones que abortan los aparatos rodeantes. Cómo callar el televisor que no quiere apagarse y cuyas mañas los celulares aprenden. Cómo sofocar los claxons desde lejos. Cómo evadir el silbido de la tetera. Cómo ignorar las aburridas psicosis vecinas. O siquiera cómo extinguir la dictadura del silencio de la madrugada acechante y hostil.

Sólo una mínima idea de organicidad y estilo puede auxiliarte en ese minuto decisorio. Sólo el café más negro que hayas olfateado. O el whisky más maderable que hayas sorbido. Una atmósfera dominada por notas de Philip Glass, de Jerry Goldsmith, de Hans Zimmer o de Samuel Barber. O ecos de lecturas tempranas de Kenzaburo Oe, Nadime Gordimer o Samuel Hunttington. O trazos tardíos de Francis Bacon, Jackson Pollock o Rene Magritte. Más un arreglo de sólido eucalipto enano a medio metro. Y una imbatible sensación de poder sobre el universo.

Otras batallas te hostigan y hay que manejar estrategias de caracol transgénico. Te plantan armas en ristre para aplastarte como una cucaracha urbana. Te lanzan gritos bien templados que intimidan tus decisiones, si no tienes el espíritu encojonado y presto. Allí se atropellan las noticias del día, las exigencias de la oficina, los compromisos sociales, las ideas políticas, el balance económico, las transfiguraciones culturales. Te acosan como martillos neumáticos, como pistolas de clavos. Y tú allí sigues. Sin saber si sobrevivirás.

Tengo atención dispersa, digo, puedo gobernar varios asuntos a la vez, como el chino de los platillos en el circo.

Ante tanta incertidumbre y ante tanta seguridad, te calzas las botas con punta de metal. La casaca de cuero negro y pelado incrustada de cierres oxidados. El jean roído por sabias y pacientes polillas. Te sientas ante esa lap que abre sus fauces triperas. Que te mira y te dice con sorna a ver qué haces. Y entonces te embutes un largo trago de whisky, le lanzas una sonrisa de lado, una mirada de desprecio, vomitas en la escupidera a tus pies, como en una taberna del oeste, y tecleas: «¿Para qué escribo?»

Javier Mondroy

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Carlos López Dzur (PR)
Plegaria para salvar a un inocente


Este inocente está abaleado de candores.
Se está desangrando su memoria.
Posiblemente, no resiste un suero de Alétheia.
El ser está desencajado y los ojos están comidos
por olvido. Por eso es un cadáver inseguro
de si ha muerto; por eso, herido, va echando
tumbos por la inercia y no sabe preguntar
si algo ha querido, o nada quiso,
del supransensible paisaje de su tumba.

Hay que trajearlo de Sein aunque sea
con parches de algún Ego cogito;
hay que darle un sujeto aunque no sea el suyo.
Posiblemente, no hay muleta que lo yerga
ni alpagarta que él pueda pisar
(tantas son las huellas del prejuicio
que su ignorancia es miedo
a las patas rajadas
y distorsión, su angustia.

Este inocente no tiene la mirada limpia.
Un balazo de sed lo dejó bizco,
una torsión de fe le dio santa ignorancia.
Le han matado a su Dios antes que sepa
que existe; lo ha parido un agujero negro
en un campo de Higgs de incertidumbre
y verá sólo fantasmas de molicie.

Pero hay que revivirlo como sea.
Estos inocentes compran la Técnica
del mundo, son la materia prima
de la ganancia en serie
y su ser es la verdad de lo oculto.
Por ellos es que existe la verdad impensada;
por su causa es que no se capturan
los ladrones y son ellos los únicos
en la especie.

Que no se extinga. Traigan un botiquín
de Primeros Auxilios.
Es un perdonavidas inocente.
Un negligente necesario.
El cree que sabe, pero no sabe nada.
El calcula que vale tres carajos
de subjetiva humanidad y que perdona
transgresiones. El eterniza al niño tonto
aunque ya es un anciano.

Vengan piadosos enfermeros, hijos
de la máxima putada, vengan sacerdotes,
burlones de plegarias, hay que salvar
al inocente. Al simple que no tiene
otra culpa que estar vivo; al que observa
lo irreal y asegura que existe.

07-03-2002

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La voz

Kudsha Brij Hu uShjintei: Santo Bendito seas

Mi voz no es más que un eco mal oído,
desespero por causa del vacío,
pero Tu Verbo fue perfecto
cuando emergió la finitud de lo infinito.

¿Cuál fue exactamente el primer verbo,
con qué intención agregaste bendito
si me te separaste y tu presencia se hizo
más sutil, cerrada, abstracta, absoluta?

Me quedé con Tu Eco, una voz que es silencio
y se revienta en sílabas, sonidos, ¡ay, Santo!
con nombres indecibles, yo desespero
por causa del vacío y amanezco en el útero
de polvo, en las cuevas gorgóneas,
vigilado, sombrío, cejijunto y temblando.

Aún así, reflexiono. Me dijíste bendito.
Me miráste en la corola de las flores,
me entregaste un cristal en los ojos,
házlo tu escudo, Perseo, y ésta
es mi Espada, el verbo mensajero, tu Espíritu,
mi soplo, mi lluvia de oro, mi kavanot

en tu angustia, mi presencia eterna en tí.

Carlos López Dzur

<>

Tierra mía

Matría, patria, te buscan los amalecitas.
Enemigos míos son. Condenan tu hembritud.
Se transforman en ácaros, en pulgas
que te comen el útero, que buscan el cobre
en el fondo de tus minas y cordilleras.

Quieren prostituirte y hacerte cascarón
y tikkum, residuo de mundos
de vasijas rotas y vestíbulos demónicos.

A tus enlaces los llamaste santos,
pero con doctrinas de la muerte
te dan besos de Judas. Te afligen.
Te venden en esquinas de piratas.

Te incendian en Arecibo, San Juan,
San Germán, Añasco.
Te bombardean con doctrinas falsas
para que se destruya el Estado Nacional
y soberano de tu Altar en la Tierra.

Amada mía, estás llena de ladrones,
ganapanes que por monedas
te machetean el alma
y te vuelven la crédula de las proclamas
de Miles y siervos de los Imperios coloniales.

De Teth, mi serpiente /
Carlos López Dzur / 2

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El poeta y la revolución

Es verdad. Es preferible que se escriba
sobre el amor, el agradable sentimiento que, si duele,
tan dulcemente duele que es una dicha, no
una rémora amarga, no una suma más para el vacío.
Dulces poemas de amor me has pedido
porque hasta la mala amante se conmueve.

... pero la revolución es un amor rebelde,
es una desafiante luna en el más oscuro rincón
del firmamento. Es la señal flagrante de apetito,
violentamente prohibida, rotundamente negada.
Es como una mujer amada que nos tira
la puerta en las narices; se esconde para urdirse
en la burla de los días, se colectiviza, intensifica
sus voces y nos regala las sobras del lamento.

... Y uno llega a quererla por saberla desgraciada.
No nos ama, pero nos necesita, porque el amor
que quiere no lo tiene y el amor que le damos
siempre es riesgo y desazón y desafío.
Es un amor difícil ese amor que dice patria,
vecino, comunidad, aldea, villa, pueblo,
gente, indio, marginado, funcionario, prócer,
subversivo, proletario; es un amor tan lento,
tan histórico, tan acumulativo, tan lleno de consignas,
tan lleno de suplicios y de muerte, harto de engaños,
de traiciones, de imperfectos proyectos,
amor de vida intensa y racionalizaciones.

Es preferible un amor más sencillo,
aunque sea olvidable, aunque sea pequeño.
Pero ese amor está ahí, épico y desafiante,
malamente cantado por esquivo.
Siempre con su cara triste, solemne, agria,
a veces vociferante, demagógica, bélica,
rostro con corazón verdugo, con su presencia
que descarna el hambre, el robo, la tortura,
pero es amor humano, es la parte social,
la urgente proyección del que vive
fuera de sí, con afán de amar
un poco y dividirse
para poder ser-uno-con
los otros de la Tierra.
Y decir: Mujer y Patria.
Madre-Tierra
y Todo.

02-12-2000 /
El libro de la guerra

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Jorge Luis Estrella (Argentina)
Mezcla de pájaro y luna


Mezcla de pájaro y luna tengo la sangre.
Por eso mi canto vuela en las noches
y cargo versos dormidos en la pestañas.
Por eso calandria y astro me deambulan
el stress de los días agrios y eternos.
Porque soy mitad nube lunática
y mitad pico de pájaro
me persiguen las flores con sus perfumes
y las jaulas y los astronautas.
Alpiste y granos de maíz come la luna
junto a los zorzales del parque
y yo tengo tiempo para sentarme
en el cuarto menguante de mi esperanza
gorjeando apenas tangos antiguos
con alguna tucumana muriéndose lunita.
Mezcla de nada y todo, me desconozco
si no sueño con vientos de primavera,
si no voy navegando el aire,
si no tengo la piel con las plumas de plata.
Terquedad de sorpresas transpiro siempre
con la ventana a cuestas de mi delirio
porque estoy en el árbol ebrio de ramas
construyendo un nido que me cobije
hecho de luz y metáforas.
Mezcla de olvido y recuerdo, me contradigo
buscándome en el ombligo de las madreselvas
con la luna más nueva mordiéndome las alas.

Jorge Luis Estrella

<>

*

Olvidó perderse

Olvidó perderse y se encontró boqueando en plena calle
desnudo con un trébol florecido en el ojal de la esperanza
y la bandera de un club de fútbol flamenado a contramano.
Lo llevaron a la comisaría que está a dos cuadras del silencio
y allí le levantaron un sumario y un restario y un abecedario
y le pusieron un sello de goma en la frente cerca del cuerno izquierdo.
Más tarde lo soltaron en una celda grande como el Atlántico
y le prometieron ir a visitarlo cuando no hubiera pobreza
y los unicornios pastaran tranquilos lejos de la basura.
Se sonó la nariz por hacer algo y se quedó dormido
mientras gritaban los árboles frente a la tormenta
y Caperucita se comía un lobo asado a la parrilla.
Cuando le dio ganas de orinar soñó con un papagayo,
un loro parlachín, dos teros mudos, tres torcazas
y alivió su vejiga que albergaba un océano
de espasmos y de angustias.
Después,
al darse cuenta de que su odisea se estaba convirtiendo en una ilíada,
comenzó a recordar cómo era perderse entre almohadas y madreselvas,
entre besos y lunas y alegrías, entre clavos de olor y mariposas,
se sacudió la cárcel grande que llevaba a cuestas
y se topó con el futuro que andaba mordisqueando hinojo tierno
en el borde occidental de la barranca.

[Jorge Luis Estrella]

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Alejandro Drewes (Argentina)
Algo sobre la nieve


Un cierto sol
ha brillado
su tiempo preciso
sobre el reino gris
deste mundo
hora en que todo
se abrevia y la sombra
declina como el verbo
espacio tan grave
entre el polvo y la luz:
la rama se curva y es otra
y la misma esa vieja
carga de nieve.

Alejandro Drewes

<>

Album nocturno

1.

Para ella pintara
-para sus ojos-
el cielo tal vez esta luna
al antiguo modo chino
una forma única de volver
eterno cada instante

2.

Observación del amante
mientras durante
moroso ejercicio
de futura nostalgia

3.

Errancia interior
de los cuerpos ajenos
y celestes
paso fugaz de horas
desnudas, parcas

4.

Viejas fotos
esparcidas por el polvo
amarillo de otro tiempo
una vez fueron
tan gratas a los ojos

Alejandro Drewes

<>

Nota para un albacea

Els antics en deien ànima, no conec millor paraula: Raimon

1.

Aprender a irse primero
de los otros, como quien hace un nudo
hasta que un gesto fatal se desata.
Y la mascarada cesa por fin, y cae.

2.

Y ahora estas cartas que pujan
por su ladrido final en el viento,
las destinadas a manos ajenas,
a sus catacumbas de gentiles ratas.

3.

La borrasca de un tiempo
ya irreparable cruzando el ojo
del sol, y la escorada barca
quisiera llegar apenas a puerto.

4.

Alta señora de los campos
siderales de la noche,
dame tu blanco filo de luz,
tu profunda gema rielando
dame por el ancho mar
de oscuridad, y huye.

5.

Los amigos de otro tiempo
con su risa oculta bajo la tierra,
donde labra el gusano su trabajo
paciente, ese oficio antiguo
al otro lado de la luz.

6.

Otras voces habitarán esta casa,
temorosas de los mismos fantasmas,
del chirriar de maderas astrales
cuando la conjunción de ciertas estrellas.
Ellas, que también pasarán.

Alejandro Drewes

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Alfredo Villanueva Collado (PR)
El tiempo


El tiempo es un producto que se acaba.
Nadie puede mejorarlo. Ni Monsanto
lograría manipular la amarga semilla
que termina agotada. Las farmacéuticas
construyen venenosas confecciones
que lo alargan para su beneficio, mas inútiles
son las maniobras. Llega el día
en que por violencia, podredumbre, o desidia
concluye el tiempo. Y entonces
uno penetra el velo y desaparece.

Para ser recordado y olvidado.
Para ser ignorado y añorado
durante un tiempo igualmente finito.
En una centuria, si uno fue falto
de cordura y escogió una tumba,
yacerá abandonada, o convertida
en condominios. Si tuvo conciencia
de su ceniza, se habrá mezclado
anónimo con un planeta moribundo.

El tiempo es una ficción de literatos
y filósofos desocupados, que lo desperdician
vomitando sempiternos lugares comunes,
intentando evitar lo inevitable.

17.11.09 / Alfredo Villanueva Collado

<>

Los peligros de la imagen macho

A la julia de loíza
la encontraron con la cara
sumergida en una imagen
de su paisaje interno;
y en la amarga corriente
del alcantarillado
respiró la metáfora
de un río ancho y nuevo.

La alfonsina escogió
su vestido de novia
y se entregó al mar macho
que le desgarró el traje;
y por cada orificio
de su cuerpo violado
la empaló la metáfora
de las aguas movientes.

A julia y a alfonsina
alguien vendió una imagen
y fue la imagen misma
tomada tan en serio
que escapar no pudieron
a su líquido hechizo
y por fin sucumbieron
al poema asesino.

Alfredo Villanueva Collado
De La voz de la mujer que llevo dentro (1990)

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Bárbara Robles (PR)
Testimonio: «Puerto Rico en el siglo XXI»


En el año 2009, el Jibarito ya no canta.
Ya no sale loco de contento. Al Jibarito le robaron su cargamento
En las calles ya no se baila plena. Sólo se oye reggaetón.
Veo a una juventud burguesa que no sabe vestir más que en chancletas.
¿Qué reses del campo tienen su cuerpo tatuado con rosas,
corazones, monstruos y otros espantos ...
¿Se supone que yo vivo en la Isla del Encanto?
Ya no existe la inocencia en la niñez.
Se fue con Pacheco y el Tío Nobel.
Los héroes de los niños ahora son Wisin y Yandel.
La Isla Nena ya es toda una mujer.
Los domingos ya no se va a la iglesia ni la familia se reúne
a almorzar. Ahora hay que trabajar.
El caldero de arroz con pollo se sustituyó por Subway.
Tampoco se come viandas con bacalao ni se toma café a las tres,
ahora todos se van a los 'pubs' a fumar y beber.
Amarrados a la vida, guiamos como locos, cada cual conduciendo
sin conciencia de que hay otros.
Egoístas en sus propios tiempos, enredados en su maraña interna
sólo responden a gritos o violencia.
En el Puerto Rico del siglo XXI, los pastores ahora son apóstoles,
los periodistas 'paparazzis' y el gobierno más que demócrata parece Nazi.
Un gobierno fracasado, un pueblo desesperado, bañado
en sangre inocente de toda la gente que el crimen ha tocado.
Las playas contaminadas, drogas, sida y ahora meningitis.
¡Qué clase de destino para la Perla del Caribe!
Esto es una nueva isla donde todo y todos se han desvinculado.
¿Qué ha pasado en mi mundo chico?
Se han borrado todos los valores.
No hay aciertos, sólo estrategias y errores.
Ya nadie da un pie al frente por su patria y sus convicciones.
Este es el nuevo Puerto Rico donde ya no somos luchadores.
Ahora somos tan sólo telespectadores.

[La autora tiene 16 años de edad].

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Ricardo Ayllón
Podrá no haber lectores pero siempre habrá poesía


La poesía está maldita. Paseo por librerías, estanterías de editoriales y ferias de libros, y cada día se acentúa en mí la certeza de que en lo que menos interés tiene el lector promedio en el Perú, esen adquirir libros de poesía. Hago una miniencuesta entre amigoslectores preguntándoles la razón, y las respuestas son casi las mismas: «Es que la poesía cada vez se entiende menos», me dice un profesor de secundaria; «¡A la poesía le falta acción!», responde un estudiante universitario casi instintivamente; «La poesía es para escribirla, no para leerla», intenta ser esclarecedor un escritor amigo.

Lo cierto es que los poemarios se aburren más de la cuenta en los anaqueles y, por lo tanto, los editores se han vuelto renuentes a darles la misma oportunidad que a los textos de narrativa. Si usted tiene listo un volumen de poemas y recurre a una editorial peruana para que ésta apueste por sus versos, se enfrentará al terrible muro de las dificultades. La respuesta del editor será más o menos así: «La poesía no vende, amigo; si desea editar esos poemas tendrá que financiar usted mismo el libro». Y es que es la verdad, a no ser que el editor ponga un poemario a un precio casi de regalo y el contenido temático sea muy pero muy atractivo (poesía de amor, generalmente), ese editor apenas venderá ejemplares para recuperar lo invertido.

Una alternativa ante esto, es que el autor haya ganado recientemente un premio literario; premio que, sin embargo, sea lo suficientemente mediatizado y difundido como para que el editor se arriesgue a impulsar un tiraje mínimo. La otra alternativa es continuar editando ‘vieja poesía’, léase: a los muertos, a los consagrados o a los clásicos.

¿Qué ha ocurrido entonces con la poesía? ¿El lector del siglo XXI es menos sensible que antes?, ¿ha llegado el momento de comenzar a cavar una tumba para la poesía?

Proyectémonos a partir de mi miniencuesta. Me parece que las dos primeras respuestas: «Es que la poesía cada vez se entiende menos» y «¡A la poesía le falta acción!» van casi de la mano. Se trata de una situación que puede proyectarse con las siguientes interrogantes: ¿Quiere decir que, en el ánimo de mostrarse modernos e innovadores, los poetas escriben cada vez más enrevesado y, sin proponérselo, han espantado al lector común? ¿O es al revés, es decir, es el lector quien se interesa cada vez menos en renovar sus inquietudes temáticas y estilísticas y, en este sentido, no otorga un espacio en su biblioteca personal a nuevas propuestas estéticas?

Veamos: las personas que me dieron estas respuestas fueron un docente de Comunicación Integral de secundaria y un estudiante de Lengua y Literatura, respectivamente. El primero, en la institución educativa donde labora, es nada menos que coordinador del Plan Lector; y el segundo, ya cursa el último ciclo, próximo a obtener su título profesional. Si dos profesionales que se constituyen, sin duda, en orientadores de lectura en sus comunidades estudiantiles, tienen este concepto de la poesía, creo que ésta está perdida. Pues en el colegio del profesor de Comunicación Integral quizá ninguno de los libros con los que trabaje en Plan Lector, sea un texto lírico; y, en el caso del estudiante, a la hora de desarrollar ejercicios de gramática entre sus alumnos pasará sobre la poesía, u, obligado por el plan curricular, tocará solo a los clásicos y modernistas establecidos generalmente en los materiales de enseñanza.

Por otra parte, la tercera respuesta: «La poesía es para escribirla, no para leerla», lanzada por mi amigo escritor, puede arrojar también ciertas luces. Lo que él trata de decir es que en nuestro país casi todo el mundo (la mayoría en secreto) se lanza a poetizar pues resulta un ejercicio de espontaneidad; es cuestión de que la persona se sienta conmocionada por alguna situación (amorosa, existencial, social, etc.) para que, de manera casi intuitiva, intente esbozar unos versos; a partir de ello, más de uno sentirá que es un poeta de verdad y, con los años, se adjudicará (al menos íntimamente) el rótulo de poeta.Pero la hechura narrativa resulta menos espontánea, pues si bien el ejercicio de ésta puede comenzar también como un impulso, conforme el escritor avance descubrirá que su logro es producto de un oficio a largo plazo, con mucho de paciencia y tiempo libre, y, en este sentido, la mayoría abandonará el barco.

Ahora bien, desde el punto de vista del lector, está aquel ingrediente de nuestra mera constitución narrativa. Me refiero a que el ser humano es una especie que en todo momento está detrás de una buena narración: la televisión, las noticias, los amigos, las reuniones familiares, los chismes, los chistes de sobremesa, son siempre encuentros con la narrativa (oral, por supuesto); y de allí, a pasar a la narración escrita, hay un solo paso. ¿Que la poesía es también una narración de sentimientos? Pues sí, pero según la versión de los actuales lectores, cada vez más difícil de entender y con ausencia de acción, palabra clave que puede interpretarse como hecho, suceso, acontecimiento, es decir, directamente relacionada con la narrativa y no con la poesía.

La conclusión de todo esto es que la poesía es cada vez más desatendida por los lectores, y si este descuido comienza a establecerse en las preferencias de docentes y orientadores de lectura, la pobre necesitará una suerte de relanzamiento. ¿En quién recaerá la responsabilidad?: ¿en el ejercicio de los propios creadores?, ¿en las preferencias de los nuevos lectores?, ¿en el sistema educativo que no ha profundizado en la diversificación lectora? La respuesta, imagino, la debemos hallar, en conjunto, en una mesa concertadora, «desayunados todos al borde de una mañana eterna».

Tomado de Bosque de Palabras

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Revistas amigas: La Sábana con mis palabras es una bitácora con buena poesía y cautivantes imágenes, fotografías en blanco y negro, o a todos color, de rostros y cuerpos femeninos. De su creador, Víctor Manuel Guzmán, se ha dicho que: «Su poesía refleja sensualidad que acaricia. Con sus versos hace un homenaje a la mujer, recorriendo con luz ardiente sus delicias y su alma. Reviste cada poema con nácar dorado de palabras donde el amor y la pasión se abrazan con la vida». Ecuatoriano, reside en Quito. Su blog ha sido premiado por la calidad y belleza de sus imágenes. Se incluyen dos artículos interpretativos que analizan la obra poética de V. M. Guzmán, uno aparecido en la revista «Pensando en Ibarra» con el título El festín de la palabra y el artículo, escrito por Mariana Guzmán, titulado Poesía y poeta [«Letras de Imbabura», Nº 27 de 2003]

Para comunicarse con el autor podeís escribir a: victormanuelguzman@yahoo.com y para visitar el blog: Sabana con mis palabras


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Sequoyah 40 / 41 / 42 / 43 / 44 / 45 / 46 / 47

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